Esta vez el Plan de Lectura nos leyó a nosotros

La siesta del martes está esplendorosa. Sáenz Peña cumple con el ritual de la siesta y muy pocos vehículos nos cruzan en el largo camino que nos lleva al Barrio Antonio Zafra en las afueras de la ciudad.
Cuando el auto desemboca en la calle principal de la barriada pregunto si alguien del grupo conoce la escuela .
Desde atrás Erica, una de las lectoras nos dice que ella comenzó su profesión docente en esas aulas, hace 30 años atrás. Nos indica hacia dónde ir y al llegar se sorprende por los cambios.

Bajamos, a un lado está el Jardín de Infantes, y cómo si fuera el patio de aquel, se levanta el edificio escolar que lleva un nombre que ya sabíamos emblemático » Elba A. Casco de Dufour».
Cuando lo vemos, Libia, otra lectora, nos cuenta que su amiga Karina que vive en Córdoba, es nieta de la mujer cuyo nombre reza en el frente de esa escuela. Saca su celular y muestra, como si nada, un texto que la nieta fonoaudióloga escribió en las redes.

«Érase una mamá, que sentada en una mecedora contaba historia a sus hijos , recitaba poemas y les cantaba canciones muy amorosas ( que muchas tomé, para contarlas y cantarlas a mis alumnos). Una mujer elegante, que llamaba la atención (así la definen aún, algunos vecinos que encuentro en la ciudad , cada vez que la visito). Amaba el mar y el arte en todas sus manifestaciones. Mujer fuerte, decidida, valiente que dejó a los 17 años su Buenos Aires querido para adentrarse en el monte formoseño y chaqueño y habitar las aulas de parajes remotos. Hoy tu nombre sigue convocando a niños, hoy los libros los invitan en tu nombre…imagino una gran sonrisa en tu cara, abuela Tita.«

Ese texto nos interpela entrañablemente. Es como estar al lado de la Elba, elegante y dedicada. Los niños salen de las aulas se arremolinan en la mesa y manotean libros, los hojean, nos saludan. Unos nos abrazan, otros nos extienden sus manitas detrás de una sonrisa pícara. La lectura va y viene. Nos escuchan algunos otros no, se ríen, hablan. Pienso que en verdad, por primera vez, nos estamos leyendo a nosotros mismos. Terminamos y cuando pensamos que la emoción se apagaba una abuela de ojos luminosos se acerca y le dice a Erica: «se acuerda de mi seño, soy Portillo, mis cuatros hijos fueron sus alumnos, ahora vengo por mis nietos».
Sin dudas que la aventura del Plan de Lectura Municipal depara encuentros constantemente novedosos y en este, el Plan nos leyó a nosotros…

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