El Plan de Lectura le armó la fiesta al libro

La mañana del miércoles 15 en la Plaza Leandro N Alem comenzó poblada de gente muy activa.
Obreros cortando el césped, otros reparando la fuente de agua, otro limpiando las veredas con un enorme turbo que transportaba en sus manos. Los muchachos del sonido descargando bafles y cables. Los bibliotecarios de la Biblioteca Municipal armando la escenografía del festejo.
El colorido de los banderines, los libros colgando de los árboles, las mantas esperando a los niños, un gazebo, unas mesas, unas sillas, las carteleras provistas de fotos innumerables de los 74 encuentros lectores anteriores.
El Plan de Lectura Municipal estaba ahí celebrando al libro y su septuagésimo quinto encuentro lector.
Los alumnos de la Escuela 37 comenzaron a llegar, también los del Jardín «Menoldo Díaz», los pibes del Hogar Don Orione ya estaban en su lugar y las docentes de la Escuela de Educación Especial buscaban el espacio más cómodo para los suyos.
Los invitados ya estaban en la fiesta sólo faltaba que las lectoras iniciaran el festejo con el abrazo gigantesco de las palabras.
Y comenzó la fiesta, Mónica leyó a la Bornemann, y los cuentos se sucedieron uno atrás de otro.
El día le puso un marco inigualable a la alegría del libro, todo era brillo, naturaleza y rostros infantiles gozosos de escuchar lo que el libro les decía a través de las voces de Silvia, José, Yamila, Vivi y Nora.
Llegó el intendente Bruno para leernos un cuento de nuestro entrañable Gustavo Roldán y certificar que aquello era una fiesta en serio.
Fueron y vinieron cientos, se relevaban por turnos. Cinco o seis veces los menudos oyentes reinauguraban la fiesta con su llegada.
El libro tuvo su celebración, a lo grande y con los chicos. El Plan de Lectura Municipal se hizo cargo de que no pasara la fecha inadvertida.
Nos vamos plenos, las gracias son muchas. Las caritas felices que los nenes nos regalan nos complace en el alma.
La amistad del libro con el Plan se robustece. Hay más páginas por leer, más infancias por encantar.
Sólo una voz dispuesta y una oreja atenta bastan para que la lectura vuelva a encantar.

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