El Plan vivió en Quitilipi su primera Lectura «al margen de la ciudad»

El viaje no fue el de siempre, no debíamos ubicar un comedor, ni una capilla, ni llamar al director de la escuela para que nos oriente cómo llegar.

El Plan de Lectura Municipal se movilizó por primera vez a otra localidad para llevar eso que tanto nos gusta hacer: lectura en voz alta y compartida.

Quitilipi, la ciudad vecina nos recibía con una invitación de la gente de la UEGP N° 22 Nuestra Señora de Fátima.

El imponente complejo edilicio de la institución nos recibía con el bullicio propio de la actividad escolar. Música en el recreo activada por los chicos de la promo. Una reunión de directores en el SUM y nosotros que llegábamos con libros, fotos y cartelería.

Nos presentan a todo el alumnado y le contamos para que estábamos ahí, aunque ya lo saben.

El Fátima es un colegio que tiene aulas, su propio complejo deportivo, jardines que embellecen un amplio patio y claro está su capilla.

Nos hacemos lugar en un pasillo y ahí nomás comienza la magia que ejecutamos tantas veces.

La varita mágica encantadora son las voces que narran a la Bonnerman, a Roldán, a Molfino.

Los chicos, con la luminosidad en sus rostros de esa edad de efervescencias, escuchan atentos.

Cuando termina la primera parte se acercan y nos cuentan de sus proyectos literarios. Aunque usan barbijo, este no impide advertir la pasión que los conduce

Seguimos el ritual pero esta vez en un aula donde se intregran la promo y la prepromo. Una energía sana y apasionada nos rodea. Sus miradas sensibles nos contemplan entre asombros e inquietudes.

Las lecturas se suceden, como las presentaciones a cada lectora. Les cuento que Picu, una de las lectoras, recita a Borges como nadie y cuando termina de leer, por lo bajo, le piden que recite. Ya se cumple el horario escolar, un preceptor viene a despedirlos. Pero Picu improvisa el recitado y le da el gusto recitando esos versos borgeanos que empiezan así: » Bruscamente la tarde se ha aclarado / porque ya cae la lluvia minuciosa / cae o cayó…». Estamos en los renglones finales de la aventura matutina de leer en Quitilipi y los despedimos recitando al más grande. Que otra cosa mejor.

Llega el descanso hay una invitación a un almuerzo que imaginamos un frugal e improvisado tentempié. Pero de la mano de Ale y Luisana nos llegan platos dignos de un banquete de otras épocas.

La hora sin sombra dio paso a la tarde y los alumnos primarios vuelven a inundar de vida el edificio escolar.

Nos reunimos en el SUM esta vez. Son más pequeños, se sientan en el piso y el horizonte de nuestras miradas divisan cabecitas y ojitos curiosos que esperan expectantes la promesa de que eso les va a agradar.

Allá vamos con Pescetti, con Guillen, a deslumbarlos, a hacerlos reír, a encantarlos y la magia de los libros lo logra otra vez.

En el eco de sus risas, sus agradecimientos, sus pedidos de que no nos fuéramos todavía, sus saludos con abrazos, nos queda la certeza viva de que leyendo, seremos siempre un poco mejores y el sueño de un mundo más justo para todos, se puede volver menos utopía y más realidad.

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